Santander acaba de presentar unas cuentas que, en apariencia, dejan poco espacio para las dudas. El banco español ganó 3.848 millones de euros en términos ordinarios durante el tercer trimestre de 2026, un 19% más que un año antes y por encima de las previsiones de los analistas. Sin embargo, la reacción del mercado fue negativa. Las acciones llegaron a caer alrededor de un 4% el 28 de octubre, día de la publicación de los resultados. El contraste merece una explicación que va más allá del titular sobre el beneficio.
El banco no está dejando de ganar dinero. En los primeros nueve meses del año acumuló 11.176 millones de euros de beneficio ordinario, un incremento interanual del 16%. Los ingresos del grupo alcanzaron 46.807 millones, un 8% más, y la entidad incorporó 17 millones de clientes hasta llegar a 189 millones. Las cifras retratan a un grupo que crece, pero que lo hace de manera desigual entre los países donde opera.
España y Brasil ofrecen el ejemplo más claro de esa distancia. En el negocio español, el beneficio ordinario del tercer trimestre aumentó un 19%. En Brasil descendió un 15%, mientras las provisiones para cubrir posibles pérdidas de los préstamos crecieron un 23%, según los datos recogidos por Reuters. Las dos cifras conviven en las mismas cuentas consolidadas, pero describen entornos de negocio muy distintos.
Para una entidad bancaria, el beneficio depende tanto de los intereses y las comisiones que cobra como de la capacidad de sus clientes para devolver el dinero prestado. Cuando aumenta el riesgo de impago, el banco debe reservar recursos para absorber pérdidas potenciales. Esas provisiones se contabilizan como un gasto y reducen el resultado, aunque los préstamos afectados no hayan entrado necesariamente en mora. Por eso pueden anticipar dificultades antes de que aparezcan de forma visible en las cifras de impagos.
En Brasil, Santander afronta un coste del riesgo que alcanzó el 4,25% en el tercer trimestre, once puntos básicos más que en el anterior. Ese indicador aproxima el peso de las pérdidas crediticias sobre la cartera de préstamos. Su evolución ayuda a entender por qué una actividad bancaria que sigue siendo importante para el grupo puede aportar menos beneficio del esperado.
Las tasas de interés elevadas complican el equilibrio. Pueden mejorar la remuneración de algunos activos, pero también encarecen la financiación y aumentan la presión sobre familias y empresas endeudadas. Si los hogares destinan una parte mayor de sus ingresos al pago de cuotas, su margen para consumir disminuye. Si una pequeña empresa debe pagar más por renovar una línea de crédito, puede aplazar inversiones o contratar menos personal. Ese deterioro de la capacidad de pago termina regresando a los balances de los bancos.
La dificultad consiste en distinguir entre un problema transitorio y uno persistente. Una entidad puede endurecer sus criterios de préstamo para protegerse, reducir su exposición a operaciones más arriesgadas y reforzar las provisiones. Tales decisiones preservan capital, pero también pueden moderar el crecimiento del crédito. Para los accionistas, la pregunta es cuánto tiempo necesitará el negocio brasileño para recuperar un ritmo de rentabilidad más favorable.
En España, Santander presenta un panorama diferente. La mejora del beneficio se apoya en la actividad comercial y en el esfuerzo por reducir el coste de prestar servicios bancarios. La digitalización de operaciones, la integración tecnológica y el uso de plataformas compartidas permiten atender a un número elevado de clientes sin que los gastos crezcan al mismo ritmo que los ingresos. Esa es una de las prioridades de la transformación operativa que el grupo denomina ONE Transformation.
La escala importa. Una reducción relativamente pequeña del coste por operación se convierte en una diferencia relevante cuando se aplica a millones de transacciones. Pero la eficiencia no protege de todo. Los bancos españoles continúan expuestos al ciclo económico, a la evolución de los tipos de interés y a la competencia por los depósitos. Lo que hoy sostiene los márgenes puede modificarse si cambian las condiciones monetarias o la demanda de crédito.
La diversificación internacional ha sido durante décadas uno de los argumentos centrales de Santander. Un mercado puede compensar la debilidad de otro. En el trimestre, los beneficios avanzaron también en México, mientras los negocios de Estados Unidos y Reino Unido superaron las expectativas y recibieron un impulso de las adquisiciones. Esa distribución geográfica reduce la dependencia de un solo país, pero no elimina el riesgo: cada mercado aporta sus propios problemas de crédito, regulación, moneda y financiación.
La presión no procede únicamente de Brasil. Las dotaciones para pérdidas crediticias del conjunto del grupo ascendieron a 3.486 millones de euros en el trimestre, un 22% más que un año antes. Según Reuters y la documentación financiera del banco, el aumento reflejó principalmente un deterioro de las pérdidas esperadas en Argentina. El dato obliga a ampliar el foco latinoamericano. No se trata de una única filial con resultados débiles, sino de distintas economías donde los riesgos bancarios evolucionan de manera diferente.
El grupo sostiene que la calidad general de su cartera sigue siendo sólida. En septiembre, la ratio de créditos dudosos era del 2,90% y la de capital CET1 se situaba en el 12,7%. Ambas medidas son relevantes: la primera permite seguir el comportamiento de los préstamos problemáticos; la segunda refleja el colchón de capital de mayor calidad del que dispone la entidad frente a los riesgos de sus activos. Ninguna, por sí sola, elimina la necesidad de observar cómo cambian las provisiones.
Las adquisiciones también alteran la lectura del trimestre. Santander completó en abril la compra de TSB, en Reino Unido, y en agosto la de Webster, en Estados Unidos. Las dos operaciones amplían la presencia del grupo en mercados desarrollados, añaden clientes y diversifican sus fuentes de ingresos. Al mismo tiempo, implican gastos de integración, decisiones tecnológicas y la tarea de reunir estructuras bancarias que hasta ahora funcionaban por separado.
En el tercer trimestre, esos ajustes y otros cargos no recurrentes sumaron 416 millones de euros, principalmente vinculados a la integración de Webster. Por eso, aunque el beneficio ordinario aumentó un 19%, el beneficio contable atribuido a los accionistas fue de 3.432 millones, un 2% menos que en el mismo periodo de 2025. No hay contradicción: son dos formas de medir el resultado. Una excluye determinadas partidas extraordinarias para observar el funcionamiento habitual del negocio; la otra recoge también su coste.
Esta diferencia ayuda a explicar el escepticismo bursátil. Los inversores no compran únicamente beneficios ya obtenidos. Compran expectativas de beneficios futuros, y en ellas pesan tanto la calidad del crecimiento como los gastos necesarios para conseguirlo. Una cifra que supera las previsiones puede no bastar si el mercado teme que los costes de integración o las pérdidas crediticias reduzcan la rentabilidad de los próximos trimestres.
Santander mantiene objetivos ambiciosos. Para 2028 plantea superar los 20.000 millones de euros de beneficio y atender a más de 210 millones de clientes. Alcanzar esas metas requerirá que la expansión mediante adquisiciones genere resultados sostenibles y que sus negocios latinoamericanos atraviesen los ciclos económicos sin absorber una parte excesiva del beneficio del grupo.
La relación entre España y Brasil dentro de Santander muestra también hasta qué punto se conectan economías que viven realidades distintas. Una decisión sobre el precio del dinero en Brasil afecta a prestatarios brasileños, pero repercute en el resultado de una multinacional española, en las expectativas de sus accionistas y en la valoración de sus acciones. La banca global convierte problemas locales en asuntos que siguen inversores de varios continentes.
Para una familia que solicita financiación o una empresa que necesita liquidez, lo decisivo no es el beneficio publicado en Madrid, sino cuánto cuesta el crédito y bajo qué condiciones se concede. Para el banco, en cambio, cada préstamo forma parte de una cartera cuyo rendimiento debe compensar los impagos, la financiación y los costes operativos. Ambas perspectivas ayudan a entender por qué la prudencia de una entidad puede sentirse en la economía cotidiana.
El tercer trimestre de Santander resume esa tensión. España aporta crecimiento, Brasil obliga a vigilar el crédito y las nuevas operaciones en Estados Unidos y Reino Unido ofrecen oportunidades cuyo valor deberá demostrarse después de la integración. El beneficio existe y es elevado; los riesgos también. Ninguno de los dos hechos invalida al otro.
La pregunta que deja este balance no es si Santander gana dinero. La respuesta está en sus cuentas. La cuestión es cuánto de ese beneficio podrá sostener cuando los distintos mercados atraviesen momentos menos favorables. Ahí, más que en una cifra aislada, se decidirá el valor de su expansión.