Francia vuelve a una referencia que creía lejana. La confianza de los consumidores cayó cinco puntos en octubre, hasta los 80, su nivel más bajo desde junio de 2013, según los datos del INSEE recogidos por Reuters. El retroceso coincide con una ola de protestas que comenzó en septiembre por las condiciones de los centros educativos y se extendió al rechazo de las políticas económicas del Gobierno.
El indicador resume opiniones y expectativas. No significa que el consumo haya caído cinco puntos ni que la economía francesa haya regresado al tamaño que tenía hace trece años. Lo que vuelve a aquel nivel es la confianza: la disposición de las familias a mirar su situación económica y el futuro con mayor o menor tranquilidad.
La encuesta, realizada entre el 25 de septiembre y el 19 de octubre, muestra un deterioro de las valoraciones sobre las finanzas personales y el nivel de vida. El índice queda lejos de su media histórica de 100. Su calendario también obliga a ser prudentes al interpretar las causas: no recoge los acontecimientos posteriores al cierre de las entrevistas.
Para las empresas, esa pérdida de confianza plantea un riesgo concreto. Cuando un hogar teme que sus ingresos no alcancen o que su empleo sea menos seguro, puede aplazar la compra de un coche, una reforma o la sustitución de un electrodoméstico. La encuesta no demuestra que esas decisiones ya se hayan producido, pero ayuda a identificar un entorno menos favorable para las ventas.
La dificultad del Gobierno consiste en responder al malestar sin disponer de un margen presupuestario amplio. El ministro de Finanzas, Roland Lescure, ha defendido que cualquier gasto adicional debe compensarse con ahorros. El Ejecutivo necesita aprobar las cuentas de 2027 y recuperar la confianza de consumidores e inversores, dos objetivos que pueden exigir decisiones difíciles de conciliar.
El problema tampoco se limita a Francia. La estimación preliminar de la Comisión Europea situó la confianza del consumidor de la zona euro en −17,9 puntos en octubre, tras un descenso de 1,1 puntos. Es otro indicador, con una escala distinta a la francesa, pero señala un debilitamiento más amplio del ánimo de los hogares europeos.
Para los inversores, la próxima comprobación estará en los datos de gasto y en las cuentas empresariales: si el pesimismo se traduce en menos compras, qué sectores lo notan primero y cuánto pueden resistir sus márgenes. Una encuesta de confianza anticipa preguntas; las ventas, el empleo y la actividad tendrán que aportar las respuestas.
La referencia a 2013 describe el alcance del retroceso, pero no determina lo que ocurrirá después. El desafío para Francia es impedir que la incertidumbre de las familias termine convirtiéndose en una razón más para frenar sus decisiones económicas.