Gustavo Raúl Pérez lleva seis años al frente de una ferretería en las afueras de Buenos Aires. En un reportaje publicado por Reuters el 23 de octubre, explicó que sus costes de reposición se habían triplicado mientras sus clientes disponían de menos dinero para comprar. Su experiencia recoge una dificultad que atraviesa la economía argentina: la desaceleración de los precios no garantiza que comerciantes y consumidores recuperen al mismo tiempo el margen que perdieron.
Los últimos datos del INDEC muestran esa distancia. En septiembre, el índice de precios al consumidor aumentó un 1,9% mensual y un 33,4% interanual. La inflación está muy lejos de los registros cercanos al 300% que llegó a alcanzar, aunque los precios siguen subiendo. Además, la variación mensual de septiembre superó el 1,7% de agosto: la mejora respecto a los años de mayor inestabilidad convive con fluctuaciones y obstáculos en el presente.
Una inflación menor reduce la velocidad del encarecimiento. No devuelve automáticamente los productos a sus precios anteriores ni restituye el poder de compra perdido. Para que una familia pueda adquirir más, sus ingresos deben avanzar por encima de sus gastos. También necesita conservar el empleo, mantener suficientes horas de trabajo y evitar que obligaciones pendientes absorban cualquier mejora.
La composición de esos gastos importa. En septiembre, los precios de alimentos y bebidas no alcohólicas acumulaban un incremento interanual del 35,1%. La división de vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles registraba un 49,1%, por encima del índice general. Son partidas difíciles de aplazar. Cuando ocupan una proporción elevada del presupuesto, dejan menos recursos para ropa, reparaciones, ocio o compras que pueden esperar.
El promedio nacional tampoco reproduce exactamente la cuenta de cada hogar. Una familia que alquila, utiliza transporte público y sostiene gastos educativos tiene una exposición diferente de otra que posee vivienda y dispone de ingresos más altos. El IPC permite seguir una evolución común de referencia; la presión concreta depende de qué se consume y de cuánto dinero queda después de pagar lo indispensable.
Los salarios ofrecen una imagen desigual. El informe del INDEC publicado el 21 de octubre situó el incremento nominal del índice salarial en un 2,7% durante agosto y un 35,6% frente al mismo mes del año anterior. Dentro de ese total, el sector privado registrado acumuló una subida interanual del 30,4% y el público, del 30,3%. El sector privado no registrado presentó un aumento del 55,4%. La dispersión impide hablar de una recuperación uniforme y obliga a comparar ingresos y precios correspondientes al mismo período.
Una mejora salarial reciente tampoco permite dar por compensadas todas las pérdidas anteriores. El punto de partida cuenta. Quien recortó compras, aplazó tratamientos o asumió deudas durante una etapa de deterioro puede necesitar tiempo para recomponer su situación, incluso cuando su ingreso empieza a avanzar más deprisa que los precios. Recuperar capacidad de consumo exige algo más que un mes favorable.
Las ventas de supermercados muestran que la cautela continúa. Según el informe difundido por el INDEC el 22 de octubre, las ventas a precios constantes disminuyeron un 3,7% interanual en agosto. Entre enero y agosto acumularon una caída del 2,8%. La serie desestacionalizada retrocedió un 0,8% respecto a julio. Al descontar el efecto de los precios, estas cifras permiten observar la evolución real de las ventas del canal relevado, aunque no representan por sí solas todo el consumo de los hogares.
Para un comercio, esa diferencia puede resultar decisiva. Facturar más pesos no asegura vender más productos ni obtener un beneficio mayor. Hay que descontar la mercancía, el alquiler, los servicios, los salarios y el resto de los costes. Si los clientes reducen cantidades o postergan compras, el negocio puede encontrar dificultades para trasladar sus propios aumentos sin perder ventas.
La desaceleración inflacionaria tiene, aun así, un valor económico concreto. Facilita comparar precios, preparar presupuestos y negociar contratos con menos incertidumbre. Para las empresas y los inversores, una mayor previsibilidad puede mejorar las condiciones de planificación. Su traducción en empleo, inversión y consumo depende de que existan demanda, financiación y perspectivas suficientes para sostener nuevas decisiones.
Ahí se encuentra la prueba de la estabilización argentina. Los datos de precios permiten medir cuánto se ha frenado el encarecimiento. Los ingresos y las ventas muestran hasta dónde llega esa mejora. En una ferretería, en un supermercado o en las cuentas de una familia, el alivio se reconoce cuando queda margen para algo que antes debía aplazarse. La inflación puede bajar antes de que llegar a fin de mes deje de ser una cuesta.