Marks & Spencer llevaba cien años vendiendo ropa antes de pisar oficialmente la pasarela de London Fashion Week. Lo hizo el 18 de septiembre, en el Design Museum de Londres, con una colección inspirada en su propio archivo y con una diferencia importante respecto a muchos de los nombres que comparten calendario con la firma británica: prácticamente nada estaba pensado para quedarse únicamente bajo los focos.

Los 59 looks presentados podían comprarse inmediatamente después del desfile. La colección salió simultáneamente online y en diez tiendas insignia de Reino Unido e Irlanda, mientras que parte de su distribución europea se apoya en la colaboración con Zalando. La mitad de las prendas presentadas costaba menos de 50 libras.

Ahí está probablemente la parte más interesante del desfile desde el punto de vista económico.

M&S no intenta convertirse en una casa de lujo. Utiliza una de las grandes vitrinas internacionales de la moda para reforzar precisamente el modelo que conoce: vender a gran escala, mantener precios accesibles y reducir la distancia entre el momento en que una prenda genera atención y el momento en que puede convertirse en una venta.

El conocido see now, buy now deja de ser aquí una declaración de moda para convertirse en una herramienta comercial.

La apuesta llega en medio de una transformación mucho más amplia. M&S controla el 10,2% del mercado británico de moda, según datos de la propia compañía, y el número de compradores menores de 35 años creció un 16% interanual. Su negocio Fashion, Home & Beauty trabaja al mismo tiempo en modernizar la cadena de suministro, las tiendas y sus capacidades digitales.

En el ejercicio 2024/25, aproximadamente el 34% de las ventas de Fashion, Home & Beauty procedía del canal online. La compañía quiere llevar esa proporción al 50% a medio plazo. M&S también aspira, a más largo plazo, a duplicar unas ventas online de esta división que partían de aproximadamente 1.400 millones de libras en 2024/25.

No se trata únicamente de vender más por internet. Se trata de cambiar la velocidad a la que funciona una empresa centenaria.

Este año M&S lanzó también The Love That Drop, un programa de pequeñas colecciones de entre 20 y 35 piezas concebido para introducir novedades con mayor frecuencia. La compañía asegura que ha conseguido reducir algunos procesos hasta permitir que determinadas hojas de pedido se completen en apenas dos semanas, trabajando con un grupo reducido de proveedores.

Es un detalle importante. Durante años, una de las ventajas de las compañías de moda más rápidas ha sido precisamente su capacidad para detectar una tendencia, producirla y colocarla frente al consumidor antes que los grandes operadores tradicionales. M&S intenta acortar esa distancia sin abandonar dos atributos sobre los que ha construido buena parte de su identidad: calidad y precio.

La transformación tampoco parte de una posición cómoda. El beneficio de M&S cayó un 24% en el ejercicio 2025/26, afectado por el ciberataque sufrido por la compañía. En mayo, el grupo dijo que esperaba volver al crecimiento del beneficio durante el ejercicio actual. Aun así, las acciones acumulaban una subida cercana al 8% en 2026 cuando se celebró el desfile, apoyadas también por el buen comportamiento del negocio alimentario.

Por eso el debut en London Fashion Week tiene una lectura que va más allá de la imagen.

Una empresa que comenzó a vender ropa en 1926 está utilizando su centenario no solamente para recordar su archivo, sino para intentar reposicionarlo comercialmente. Sus 116 diseñadores internos recurrieron a décadas de prendas, estampados y siluetas conservados por M&S para desarrollar la colección presentada en Londres.

El pasado proporciona la historia. El negocio, sin embargo, depende del presente.

Para Marks & Spencer, la pasarela no termina cuando se apagan las luces. Termina cuando alguien ve una prenda, entra en la web —o en una tienda— y la compra.

Y esa diferencia explica bastante bien por qué M&S decidió subir ahora a la pasarela.