Amazon ha pasado años comprando servidores, levantando centros de datos y reservando capacidad para la carrera de la inteligencia artificial. Ahora estudia otra parte del problema: cómo financiar ese hardware sin concentrar todo el coste dentro de la misma estructura corporativa.
Según Financial Times, en una información recogida por Reuters este viernes, la compañía ha mantenido conversaciones con inversores para trasladar alrededor de 8.000 millones de dólares en chips Nvidia Grace Blackwell a una sociedad de propósito especial, o SPV.
El mecanismo planteado es directo. El vehículo recibiría miles de procesadores que Amazon ha comprado o alquilado, buscaría financiación externa mediante deuda y después arrendaría de nuevo esos chips al grupo. Amazon podría conservar una participación de hasta el 10% en la sociedad.
Los equipos incluidos en la propuesta están instalados en más de una docena de centros de datos de Estados Unidos repartidos por cinco estados, entre ellos Nevada y Virginia, de acuerdo con la información citada por Reuters. Amazon y Nvidia no habían comentado públicamente la operación en el momento de la publicación.
La propuesta no supone que Amazon quiera reducir su apuesta por la inteligencia artificial. Al contrario: permite separar la necesidad operativa —seguir utilizando capacidad de cómputo avanzada— de la forma en que se financia una parte de esa infraestructura.
La idea se parece a fórmulas conocidas en sectores intensivos en capital. Una aerolínea puede utilizar aviones sin ser propietaria de todos ellos y una compañía industrial puede alquilar maquinaria que necesita durante años. La diferencia, en este caso, está en la velocidad con la que cambia el producto.
Un procesador de IA puede costar mucho y ser esencial hoy, pero su valor residual es más difícil de estimar cuando una nueva generación de hardware puede aumentar de forma importante el rendimiento por vatio, la memoria disponible o la velocidad de entrenamiento.
Ese punto ya está generando fricción entre la industria tecnológica y los financiadores. Reuters informó el 1 de octubre de que Nvidia defiende una vida económica de hasta una década para parte de su infraestructura de cómputo, mientras bancos e inversores de crédito suelen trabajar con calendarios de depreciación de tres o cuatro años al valorar estos activos.
La distancia entre ambas visiones importa. Si un chip mantiene valor durante más tiempo, puede respaldar deuda en mejores condiciones. Si el mercado teme que quede tecnológicamente rezagado en pocos años, exigirá más garantías, contratos de clientes más sólidos o una estructura financiera menos agresiva.
Para Amazon, el atractivo de un SPV está en esa redistribución. El grupo seguiría utilizando los procesadores, pero una parte del capital y del riesgo asociado al valor futuro del hardware quedaría en manos de inversores externos.
La operación también ayuda a entender cómo está cambiando la economía de la IA. Los modelos siguen acaparando la atención, pero la competencia se libra cada vez más en activos físicos: centros de datos, redes eléctricas, refrigeración y chips capaces de procesar cantidades enormes de información.
Y cuanto mayor es la factura, más probable es que aparezcan estructuras financieras diseñadas específicamente para repartirla. Los chips empiezan a entrar en conversaciones que hasta hace poco pertenecían a aviones, inmuebles o grandes instalaciones industriales: quién posee el activo, quién lo utiliza, quién lo financia y cuánto valdrá cuando llegue la siguiente generación.
Amazon no está intentando salir de la carrera de la IA. Está explorando una manera diferente de pagar una parte de ella.
