Masayoshi Son vuelve al Golfo Pérsico en busca de capital. El fundador de SoftBank pretende reunir hasta 100.000 millones de dólares entre inversores de la región para sostener una nueva ofensiva en inteligencia artificial. El proyecto, revelado este viernes por Financial Times y recogido por Reuters, todavía es una negociación. Ni hay una cifra comprometida públicamente ni la compañía japonesa ha anunciado la creación del fondo.

La noticia llega en un momento de inversiones cada vez más costosas en inteligencia artificial. Pero la fórmula que estudia Son tiene un matiz importante: no se trataría solo de tomar participaciones en empresas que desarrollan modelos o fabrican semiconductores. Su propósito sería adquirir compañías ya establecidas y modificar su manera de operar con inteligencia artificial, automatización y otras tecnologías.

Las conversaciones se han mantenido en las últimas semanas con altos representantes de Emiratos Árabes Unidos y, según las informaciones publicadas, podrían extenderse a otros países del Golfo. El alcance definitivo de esas gestiones se desconoce. Reuters señaló que no pudo verificar de forma independiente el contenido de la información y que SoftBank no respondió a su solicitud de comentarios.

Lo que se plantea es un salto desde la financiación de tecnología hacia la transformación de empresas enteras. Una compañía industrial puede incorporar sistemas de predicción en su cadena de suministro; un operador logístico puede automatizar almacenes; una empresa de servicios puede reducir tareas repetitivas. Son aplicaciones posibles, no resultados asegurados. El valor creado dependería de la calidad de los negocios adquiridos, del coste de integrarlos y de la productividad que realmente consiguieran obtener.

En ese diseño podría adquirir protagonismo Roze, el negocio de robótica e inteligencia artificial física vinculado a SoftBank, de acuerdo con Financial Times. La idea es llevar la tecnología más allá de las pantallas y los centros de datos. No obstante, el despliegue de robots, sensores e infraestructuras industriales requiere tiempo, inversión y una adaptación que rara vez se resuelve únicamente con software.

La búsqueda de socios llega después de un compromiso financiero notable. El 1 de octubre, SoftBank comunicó oficialmente que había completado una inversión adicional de 30.000 millones de dólares en OpenAI, ejecutada en tres tramos. Su inversión acumulada en la empresa alcanzó así los 64.600 millones de dólares, equivalentes a una participación aproximada del 13%. Son cifras confirmadas por la propia compañía japonesa, distintas de los 100.000 millones que ahora intenta captar.

Para reunir parte de aquellos recursos, SoftBank acudió también al mercado de bonos. En septiembre colocó títulos denominados en dólares y euros por un valor conjunto de 11.100 millones de dólares. Los rendimientos de la emisión oscilaron entre el 7,125% y el 9,75%, un coste que muestra hasta qué punto financiar grandes apuestas tecnológicas depende también de las condiciones del crédito.

La diferencia entre deuda y capital aportado por inversores externos resulta esencial. La primera exige pagos y vencimientos con independencia del éxito de las inversiones. Un fondo con socios puede distribuir los riesgos entre varios participantes, aunque también implica repartir beneficios y aceptar reglas de gobierno y control. No está claro todavía qué estructura propondría SoftBank ni qué participación reservaría para sí misma.

Son conoce bien a los grandes fondos de Oriente Medio. En 2017, el primer Vision Fund recibió el respaldo del Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita y de Mubadala, de Abu Dabi. Aquella iniciativa mostró la capacidad de SoftBank para movilizar capital a una escala extraordinaria, pero también dejó lecciones difíciles: la rapidez de las inversiones y las elevadas valoraciones no impidieron tropiezos como el de WeWork.

Los países del Golfo, por su parte, llevan años utilizando sus fondos soberanos para diversificar economías históricamente dependientes de los hidrocarburos. La inteligencia artificial, la energía, la infraestructura digital y la industria avanzada forman parte de esa transición. Contar con proyectos de gran escala puede resultar atractivo; comprometer decenas de miles de millones exige, sin embargo, una evaluación propia de riesgos, plazos y retornos.

La financiación es hoy una de las grandes preguntas de la industria. Construir centros de datos, asegurar electricidad, comprar chips y desarrollar modelos requiere desembolsos enormes antes de que todos esos activos produzcan ingresos suficientes. La presión sobre el coste del dinero añade otra dificultad: cuando los rendimientos de los bonos suben, los proyectos con beneficios lejanos tienen que justificar aún mejor su valor.

La posible nueva ofensiva de SoftBank también puede influir, de manera indirecta, en otros mercados. Si los grandes vehículos de inversión empiezan a competir por empresas industriales y de servicios para transformarlas con IA, cambiarán los criterios de valoración y las necesidades de capital. En América Latina podrían aparecer oportunidades y mayor competencia por ciertos activos, aunque hoy no existe ninguna inversión regional concreta anunciada dentro de este proyecto.

Queda, por tanto, una distancia considerable entre el tamaño del plan y su ejecución. Habrá que conocer quiénes participan, cuánto dinero se compromete, con qué condiciones y qué empresas se pretende adquirir. Hasta entonces, los 100.000 millones de dólares describen la ambición de Masayoshi Son, no un fondo financiado.

SoftBank ya ha demostrado que puede reunir capital a una escala poco habitual. El siguiente examen será menos visible que una cifra de portada: convertir inversiones gigantescas en negocios capaces de sostenerlas con resultados.