YANBU. Durante meses, buena parte de la conversación energética mundial ha cabido en un nombre: Ormuz. Es lógico. El estrecho es una de las grandes arterias del petróleo global y cualquier interrupción altera rutas, seguros, precios y decisiones de compra a miles de kilómetros. Pero al otro lado de Arabia Saudí existe otra infraestructura mucho menos conocida que, en septiembre, recordó a Europa que evitar un cuello de botella no significa necesariamente eliminarlo.

El East-West Pipeline atraviesa Arabia Saudí desde la zona productora del este hasta Yanbu, en la costa del Mar Rojo. Su capacidad alcanza los 7 millones de barriles diarios. Durante las disrupciones en Ormuz, Riad llegó a desviar por esta ruta alrededor de 4 millones de barriles diarios, aproximadamente el 4% del suministro mundial, según Reuters.

La lógica es sencilla. El crudo producido cerca del Golfo puede viajar por tierra hacia el oeste, llegar a Yanbu y salir al Mar Rojo sin tener que cruzar Ormuz. Sobre el mapa parece una salida. En la práctica, septiembre demostró que esa salida también tiene puntos vulnerables.

Los ataques con drones del 11 de septiembre dañaron tres estaciones de bombeo y obligaron a cerrar el sistema. Las cargas de crudo en Yanbu quedaron suspendidas. Arabia Saudí comenzó a desplazar más exportaciones hacia sus terminales del Golfo, mientras algunos cargamentos destinados a clientes europeos fueron cancelados.

La reacción europea fue inmediata, aunque no uniforme. Orlen, que opera refinerías en Polonia, Lituania y República Checa y recibe alrededor del 40% de su crudo de Saudi Aramco, buscó barriles alternativos del Mar del Norte y abrió licitaciones para suministros de Estados Unidos, Kazajistán, Argelia y Guyana. La propia compañía dijo que sus refinerías seguían recibiendo materia prima sin interrupciones. Es una distinción importante: hubo presión sobre las rutas y las compras, no un desabastecimiento general de Europa.

Arabia Saudí reinició el East-West Pipeline el 22 de septiembre, pero no a plena capacidad. Fuentes citadas por Reuters indicaron que el sistema comenzó bombeando a un ritmo reducido y que recuperar completamente la capacidad podría requerir entre seis y ocho semanas. La infraestructura, por tanto, volvió a funcionar antes de estar completamente recuperada.

Dos días después, la fotografía seguía siendo incompleta. El crudo avanzaba de nuevo por la tubería hacia las refinerías de la costa del Mar Rojo, pero las cargas de petroleros en Yanbu todavía no habían regresado con normalidad. Aramco había comunicado a refinadores europeos que necesitaba acumular una masa crítica de volúmenes en Yanbu antes de reanudar las entregas. Varios buques figuraban programados para cargar entre el 24 y el 27 de septiembre, mientras dos previstos para el día 23 no lo habían hecho.

El problema no termina en la tubería. Incluso cuando el petróleo vuelve a llegar al Mar Rojo, sacarlo de allí se ha vuelto más caro. Reuters informó esta semana de que las primas cotizadas de seguro por riesgo de guerra para petroleros vinculados a Arabia Saudí que recalan en Yanbu habían subido hasta alrededor del 3% del valor del buque, desde menos del 1% a comienzos de julio. Para puertos saudíes situados más al sur, las cotizaciones podían alcanzar el 7%.

Eso cambia la economía de una ruta concebida precisamente como alternativa. Un oleoducto puede evitar un estrecho, pero el barril todavía necesita un puerto, un petrolero, un seguro y una ruta marítima suficientemente segura para llegar a su comprador. Cada eslabón tiene un precio.

Para Europa, la importancia de Yanbu no consiste en que sustituya a Ormuz como gran arteria energética mundial. No lo hace. Su importancia está en que ofrece a Arabia Saudí una vía directa hacia el Mar Rojo y, desde allí, hacia los mercados occidentales. Cuando esa vía pierde capacidad, parte del crudo vuelve a orientarse hacia terminales situadas dentro del Golfo, favoreciendo rutas hacia Asia y obligando a compradores europeos a buscar alternativas.

La experiencia de Orlen muestra cómo funciona esa adaptación. Las refinerías no esperan necesariamente a que aparezca una escasez física. Los compradores salen al mercado, cambian calidades de crudo, buscan otros puertos y pagan el coste adicional de mantener abiertas varias opciones. La seguridad energética no consiste únicamente en tener petróleo disponible. Consiste también en poder llevarlo hasta la refinería correcta, en el momento correcto y a un precio asumible.

El viernes, los mercados terminaron la semana con algo menos de presión inmediata sobre el petróleo, mientras los inversores seguían evaluando las posibilidades de distensión en Oriente Medio. Pero el episodio saudí deja una enseñanza que no desaparece con una sesión de mercado: la infraestructura alternativa también puede convertirse en infraestructura crítica.

Durante años, el East-West Pipeline fue presentado como una de las respuestas de Arabia Saudí al riesgo de Ormuz. En septiembre cumplió precisamente esa función hasta que sus propias estaciones de bombeo fueron dañadas. Ahora vuelve gradualmente a operar, mientras Yanbu intenta recuperar el ritmo de exportación y los compradores europeos mantienen abiertas otras fuentes de suministro.

El mundo seguirá mirando a Ormuz. Tiene razones para hacerlo. Pero, para entender cómo llega el petróleo saudí a Europa, también conviene mirar 1.200 kilómetros hacia el oeste.

Fuentes: Reuters, 15, 22, 24 y 25 de septiembre de 2026. Los datos sobre capacidad, flujos, tiempos de recuperación, cargas en Yanbu, compras europeas y primas de seguro proceden de fuentes de industria, datos de transporte marítimo e imágenes satelitales citados por Reuters. Saudi Aramco no comentó públicamente varios de esos detalles operativos.
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