Los 38.000 millones de dólares son una cifra suficientemente grande como para ocupar un titular. No explican, sin embargo, todo lo que está empezando a descontar el mercado.

La Oficina de Presupuesto del Congreso de Estados Unidos (CBO), organismo no partidista del Congreso, calculó que las operaciones militares estadounidenses contra Irán habían generado unos 38.000 millones de dólares en costes hasta el 1 de agosto. Si las operaciones continúan, la factura seguiría aumentando a un ritmo de varios miles de millones de dólares mensuales, según el escenario y la intensidad de las operaciones.

Conviene precisar qué significa esa cifra. No son 38.000 millones de pérdidas económicas para Estados Unidos ni el coste definitivo de la guerra. Es una estimación del coste de las operaciones militares del Departamento de Defensa durante el periodo analizado por el CBO.

Del campo de batalla al precio del petróleo

Para Wall Street, el problema empieza donde termina esa contabilidad. El conflicto ha afectado a uno de los puntos más sensibles del sistema energético mundial: el estrecho de Ormuz. Antes de la guerra, por esta vía circulaba aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de crudo y gas natural licuado.

La situación sigue lejos de normalizarse. El tráfico visible por Ormuz permanece muy por debajo de los niveles anteriores al conflicto y Arabia Saudí mantiene interrumpido su oleoducto East-West, una de las principales rutas terrestres capaces de evitar el estrecho.

El Brent continúa por encima de los 100 dólares por barril. Eso no significa que el petróleo vaya a subir cada día: inventarios, demanda, producción y expectativas pueden provocar retrocesos en una sesión. Lo que la guerra ha añadido es una prima de riesgo sobre un mercado en el que varias rutas de suministro funcionan con dificultades.

La cifra que preocupa a la Fed no son los $38.000 millones

El CBO incorpora además una estimación con implicaciones más directas para los mercados financieros: los efectos económicos del conflicto podrían elevar la inflación estadounidense alrededor de 0,5 puntos porcentuales durante los tres primeros meses de 2027.

No es una previsión de que la inflación vaya a aumentar permanentemente medio punto ni significa que ese resultado esté garantizado. Es una estimación condicionada al impacto económico y energético del conflicto.

Pero llega en un momento incómodo para la Reserva Federal. La inflación continúa por encima del objetivo del 2% y la energía vuelve a introducir presión sobre los precios. Una energía persistentemente cara puede elevar costes de transporte, producción y distribución; si esos costes se trasladan al consumidor, la inflación puede tardar más en regresar al objetivo.

Ahí aparece la conexión con la bolsa. No es el gasto militar de 38.000 millones, por sí solo, lo que determina el comportamiento del S&P 500. Es la cadena que rodea al conflicto: energía → inflación → tipos de interés → bonos → valoración de las acciones.

El 5% vuelve a entrar en las pantallas

Esta semana, el rendimiento del Treasury estadounidense a diez años volvió a superar el 5%, alcanzando niveles no vistos desde 2007 antes de moderarse posteriormente.

Un rendimiento libre de riesgo más elevado aumenta el coste de financiación y modifica la comparación entre mantener deuda pública y asumir riesgo comprando acciones. También reduce, mediante mayores tasas de descuento, el valor presente de beneficios empresariales esperados muchos años en el futuro.

Por eso las compañías de crecimiento —y especialmente determinados segmentos tecnológicos con valoraciones elevadas— pueden resultar particularmente sensibles a movimientos bruscos de los rendimientos.

El martes, Wall Street cerró a la baja: Dow Jones −0,63%, S&P 500 −0,45% y Nasdaq −0,78%. El sector energético fue el único del S&P 500 que terminó la sesión en positivo. La debilidad no respondió a un único factor: petróleo más caro, rendimientos elevados, preocupación fiscal y nuevas dudas alrededor de la tecnología y la inteligencia artificial coincidieron en la misma sesión.

Sería, por tanto, incorrecto atribuir toda la caída de Wall Street a la guerra con Irán.

Otra factura menos visible

El coste también tiene una dimensión que tardará más en aparecer. El CBO señala que una parte importante del gasto procede del consumo de municiones y que la reposición de determinados inventarios puede prolongarse durante años. La Administración estadounidense, por su parte, sostiene que dispone de los recursos necesarios para cumplir sus objetivos militares.

Desde una perspectiva financiera, la reposición implica gasto futuro y mayor demanda para parte de la industria de defensa. Al mismo tiempo, llega en un entorno de deuda pública elevada y de rendimientos del Treasury que ya exigen más al presupuesto federal.

Wall Street mira ahora a la Fed

La fotografía no es la de un mercado en pánico. Es la de un mercado intentando calcular cuánto del shock energético terminará convirtiéndose en inflación y cuánto puede alterar la trayectoria de los tipos de interés.

Por eso los 38.000 millones de dólares son importantes, pero no constituyen por sí solos la historia financiera. Para Wall Street importará cuánto tiempo permanece alterado el suministro energético, qué ocurre con el petróleo y, sobre todo, si esa presión consigue instalarse en la inflación.

Fuentes consultadas: Congressional Budget Office, 15 septiembre 2026; Reuters, 15–16 septiembre 2026. Cifras de mercado correspondientes a los momentos indicados y sujetas a variación durante la sesión.

Contenido informativo y educativo. No constituye asesoramiento financiero ni una recomendación de inversión.